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viernes, 23 de agosto de 2013

CERDO ANTE DIOS

José Emilio Pacheco

Méjico



Tengo siete años. En la granja observo 
por la ventana a un hombre que se persigna 
y procede a matar un cerdo. 
No quiero ver el espectáculo. 
Casi humanos, escucho 
alaridos premonitorios. 
(Casi humano es, dicen los zoólogos, 
el interior del cerdo inteligente, 
aun más que perros y caballos.) 
Criaturitas de Dios, los llama mi abuela. 
Hermano cerdo, hubiera dicho san Francisco. 
Y ahora es el tajo y el gotear de la sangre. 
Y soy un niño pero ya me pregunto: 
¿Dios creó a los cerdos para ser devorados? 
¿A quien responde: a la plegaria del cerdo 
o al que se persignó para degollarlo? 
Si Dios existe ¿por qué sufre este cerdo? 
Bulle la carne en el aceite. 
Dentro de poco, tragaré como un cerdo.

Pero no voy a persignarme en la mesa.





Imprecaciones de los cerdos


¿Por qué todos sus nombres son injurias? 
Puerco/ marrano/ cerdo/ cochino/ chancho. 
Viven de la inmundicia. Comen, tragan 
(porque serán comidos y tragados). 
De hinojos y de bruces roe el desprecio 
por su aspecto risible, su lujuria, 
su fundado temor de propietario. 
Nadie llora al morir más lastimero, 
interminablemente repitiendo: 
-Y pensar que para esto me cebaron...
Qué marranos/ qué cerdos/ qué cochinos...

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